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La edad del poder

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En las últimas décadas, dentro de la política, cada vez se habla más sobre la necesidad de que los jóvenes se involucren en la esfera pública y se empuja esta narrativa de que la vida civil y política debe de ser liderada por los jóvenes.

Muchos líderes de opinión y medios de comunicación usan su poder e influencia para generar un compromiso por los jóvenes, sin embargo, pudiera argumentarse que sin éxito alguno.

Sin embargo, en tiempos antiguos, desde que se empezaron a conformar las primeras civilizaciones, los jóvenes no formaban parte de la vida pública, o por lo menos no de la manera en la que se nos espera que participemos hoy en día.

La palabra senado viene del latín senatus, que a su vez deriva de senex, “anciano”. Por lo tanto, el senado se refiere literalmente a una asamblea de ancianos. Esta figura, que desde el derecho romano hasta la actualidad sigue vigente, refleja muy bien la realidad del poder: los ancianos toman las decisiones.

Juventud simbólica, poder real

El discurso de la renovación generacional ha ganado espacio, pero la práctica demuestra que la juventud sigue siendo más un adorno que una fuerza efectiva. Se promueve la idea del “liderazgo joven” como un gesto progresista, aunque muchas veces solo sirve para maquillar estructuras envejecidas.
La política, en su esencia, continúa siendo un territorio donde la edad se asocia con autoridad y experiencia, mientras que la juventud se percibe como inexperiencia y riesgo. Esta visión impide que nuevas generaciones accedan a posiciones reales de decisión.

Paradójicamente, se exige que los jóvenes cambien el sistema, pero sin tocar sus cimientos. Se les invita a participar, aunque no se les concede el espacio para transformar. Por eso, muchos prefieren actuar desde fuera: en movimientos sociales, en redes o en organizaciones civiles donde la frescura no necesita permiso.

La oportunidad del relevo

Aun así, los jóvenes no están condenados a la espera. La historia demuestra que cada cambio profundo nace de una generación dispuesta a incomodar. No se trata solo de ocupar cargos, sino de redefinir las formas del poder. El reto es romper la dependencia de los viejos modelos y construir nuevas lógicas políticas, más horizontales y transparentes.

El poder, finalmente, no debería medirse por la edad, sino por la capacidad de imaginar y ejecutar el cambio. Si la política desea sobrevivir, tendrá que dejar de ser un consejo de ancianos y abrir paso a una generación que ya no quiere ser el futuro, sino el presente.