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A una semana del Mundial: lo que ilumina y lo que expone nuestra ciudad

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A una semana de que ruede el balón, Guadalajara vuelve a colocarse bajo los reflectores del mundo. El próximo 11 de junio, el Mundial abrirá oficialmente con el México vs. Sudáfrica en la Ciudad de México, mientras que esa misma noche nuestra ciudad recibirá su primer encuentro mundialista: República de Corea frente a Chequia.

No es una cita cualquiera. Han pasado exactamente 40 años desde que Guadalajara fue sede de la Copa del Mundo de 1986. Una generación completa ha nacido, crecido y llegado a la adultez sin ver un Mundial en casa. Para muchos tapatíos, la memoria de aquel verano vive en fotografías amarillentas, relatos familiares y archivos de televisión. Para otros, será la primera vez que experimenten lo que significa que el planeta entero tenga los ojos puestos sobre su ciudad.

Y conviene recordarlo: no existe un evento deportivo más grande que una Copa del Mundo. Ni los Juegos Olímpicos, ni el Super Bowl, ni la Champions League concentran simultáneamente la atención de tantos países, culturas e historias. Durante un mes, el mundo gira alrededor de una pelota.

Por eso los focos ya están encendidos. Y como ocurre con cualquier gran escenario, esos reflectores tienen la capacidad de iluminar aquello que funciona… o exhibir aquello que permanece en penumbra.

El martirio del boletaje

Lo que debería ser una celebración popular se ha convertido, para muchos, en un lujo inalcanzable. Los precios han alienado a una parte importante de la afición y el mercado secundario se transformó rápidamente en un auténtico tianguis digital donde la especulación parece no tener límite. Hoy por hoy, encontrar un boleto para el México vs. Corea en Guadalajara por menos de 25 mil pesos en grupos de WhatsApp o redes sociales es prácticamente imposible.

La consecuencia es una conversación incómoda que se repite en miles de hogares. Para algunas familias, asistir al Mundial implica una decisión que trasciende el fútbol: privilegiar lo básico o darse el gusto profundamente arraigado de vivir una experiencia que quizá no vuelva a repetirse en décadas. No es una discusión menor en un país donde el fútbol es mucho más que un deporte; es herencia familiar, identidad colectiva y memoria compartida. El ya conocido “goles y frijoles”.

Seguridad

A poco más de tres meses del llamado “Menchazo”, Guadalajara parece haber entrado en una etapa de relativa calma. Quizá se trate de una percepción influenciada por nuestras propias burbujas sociales, pero resulta innegable que la recuperación del ánimo colectivo ha sido más rápida de lo que muchos imaginaban después de aquellos acontecimientos que sacudieron al estado. Y aquí surge una pregunta tan incómoda como interesante: ¿habrá ayudado el Mundial?

¿La expectativa de recibir al mundo aceleró la capacidad de respuesta gubernamental? ¿Funcionó como un incentivo para desplegar recursos y atención institucional con mayor velocidad? ¿O incluso como una suerte de terapia colectiva que permitió a la ciudad reencontrarse con una narrativa más optimista? La respuesta probablemente contenga un poco de todo.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que las dudas desaparecieron por completo. Los visitantes que llegarán desde Colombia, República Checa, República Democrática del Congo, Corea del Sur, España o Uruguay (sumado a todos los paisas que vendrán desde Estados Unidos, huyendo también de los irrisorios precios) seguramente observarán la ciudad con curiosidad, entusiasmo… y algunas preguntas razonables sobre la seguridad de la región que los recibe.

La pugna del transporte

Durante meses, las obras de la carretera a Chapala parecían destinadas a convertirse en otro ejemplo de infraestructura que no llegaría a tiempo. Sin embargo, como tantas veces ocurre en México, todo apunta a que la tarea será entregada minutos antes de la campana final. El alumno dejó la tarea para el último momento, pero parece que alcanzará a presentarla.

A esto se suma la larga pugna entre taxistas y plataformas digitales. El desenlace llegó con la habilitación de una bahía para Uber y DiDi en el aeropuerto. La solución existe, aunque con matices: se encuentra a casi 800 metros de la terminal aérea. Lo suficientemente lejos para que nadie pueda decir que ganó del todo.

Durante el Mundial habrá transporte gratuito y una operación especial para los visitantes. La verdadera prueba llegará después, cuando las cámaras se apaguen y Guadalajara vuelva a ser Guadalajara. Entonces sabremos si las soluciones eran permanentes o simplemente parte del decorado.

Las implicaciones políticas y culturales

En el centro de todos estos reflectores se encuentra el gobernador Pablo Lemus, que enfrenta quizás la prueba política más visible de su administración. Porque el Mundial expone una contradicción profundamente mexicana. Queremos ser los mejores anfitriones del planeta, incluso cuando todavía estamos reparando las goteras de nuestra propia casa. Existe algo profundamente tapatío —y profundamente nacional— en esa voluntad de poner la mejor mesa, ofrecer la mejor sonrisa y organizar la mejor fiesta aunque detrás del escenario siga “el rancho ardiendo”. Queremos que el visitante se lleve una gran impresión. Queremos que diga que aquí se vive mejor, que aquí se come mejor, que aquí se recibe mejor.

Y quizá esa necesidad de aprobación colectiva merecería un ensayo aparte si no existiera Octavio Paz, quien escribió en El laberinto de la soledad sobre un país que constantemente negocia entre lo que es y lo que quiere mostrar. Casi setenta años después, el Mundial parece convertirse en una nueva sala dentro de ese mismo laberinto. Una donde el espectáculo, la identidad, el orgullo y las contradicciones nacionales vuelven a encontrarse bajo una misma luz.

Qué revela esta fiesta sobre nosotros mismos

No se trata de arruinar la fiesta ni de caer en el moralismo fácil. Al contrario. Se trata de preguntarnos qué revela esta fiesta sobre nosotros mismos. Mario Vargas Llosa advertía en La civilización del espectáculo que la cultura contemporánea corre el riesgo de transformarse en entretenimiento puro, perdiendo su capacidad para ayudarnos a comprender la realidad. Tal vez el Mundial nos ofrece una oportunidad singular para hacer ambas cosas al mismo tiempo: disfrutar del espectáculo y observar con honestidad la ciudad que hemos construido y destruido.

Porque cuando el último visitante regrese a casa, cuando los estadios se vacíen y cuando las transmisiones internacionales desaparezcan, Guadalajara seguirá aquí. La pregunta es qué quedará iluminado cuando los focos finalmente se apaguen. Por lo pronto, la cuenta regresiva ha terminado. Que ruede el balón.