Eloisa Couret tiene 22 años y convive con diabetes mellitus tipo 1 desde los 14. Su diagnóstico llegó en plena adolescencia y transformó su rutina. Esta enfermedad es autoinmune, por lo que su páncreas dejó de producir insulina. El sistema inmunológico atacó las células que la generan y, desde entonces, depende de inyecciones diarias para regular su glucosa.
La cantidad de insulina que usa cambia según los carbohidratos que consume. “Si no se maneja bien la diabetes tipo 1, puedo llegar a tener problemas de cetoacidosis. Esto es que hay muchas cetonas en sangre y puedo llegar a tener un coma diabético,” comentó Eloisa sobre las complicaciones de su enfermedad.
Además, la diabetes trajo consigo otra condición: “Yo tengo hipotiroidismo, entonces necesito suministrarme un medicamento para poder continuar bien y no tener problemas de subida o bajada de peso.”
Tecnología, disciplina y riesgos diarios
Eloisa acude a chequeos cada tres meses. Ahí le revisan glucosa, triglicéridos y niveles tiroideos. Para monitorear su glucosa usa dos métodos. Uno es el capilar, que implica pincharse el dedo y colocar la muestra en tiras reactivas. El otro es el sensor Freestyle Libre, disponible en México en su versión 2. Este dispositivo le da alertas instantáneas y evita que tenga que despertarse de madrugada para revisar si su glucosa bajó.
Aplicarse insulina también requiere técnica: “Para inyectarme la insulina, aunque son agujas pequeñas, necesito estar rotando de lugares. Los lugares más comunes para inyectarse son en estómago, este piernas y brazos. Porque si te inyectas muchas veces en un mismo lugar se pueden formar unas bolas de insulina”. Estas bolas de insulina tienen el nombre de lipohipertrofia, una acumulación de tejido graso que reduce la eficacia de la insulina y, en ocasiones, necesita extirparse.
Otra cuestión en la vida de una persona con diabetes son los episodios de hipoglucemia y de hiperglucemia. Las altas dañan sus órganos con el tiempo; las bajas son más peligrosas de inmediato, pues la pérdida repetida de glucosa puede dañar neuronas de forma irreversible. Además, factores como el clima, el sueño o el estado de ánimo modifican sus niveles. Por eso una dosis que funciona un día puede no funcionar al siguiente.
Antes de recibir su diagnóstico, Eloisa bajó de peso de forma alarmante: “Los pantalones se me caían y se me notaban mucho las clavículas de tan chupada que estaba. Hasta los brasieres comenzaron a quedarme grandes”.

Concientización
A día de hoy, Eloisa entiende esas señales y sabe que la atención temprana puede salvar vidas. Vivir con diabetes tipo 1 implica disciplina y adaptación constante. Y no solo eso, también demuestra la fuerza silenciosa de quienes aprenden a sostener su salud un día a la vez. Su historia recuerda que esta condición no es consecuencia de decisiones personales ni un problema que “se corrige” con fuerza de voluntad. Es una enfermedad compleja que exige acompañamiento, educación y herramientas adecuadas.
La experiencia de Eloisa invita a mirar la diabetes tipo 1 con mayor sensibilidad. Detrás de cada chequeo, cada pinchazo y cada sensor, hay una persona haciendo todo lo posible por mantenerse estable en un cuerpo que cambia sin aviso. Reconocer ese esfuerzo es un paso esencial para construir una sociedad más informada, empática y dispuesta a apoyar.


