Desasosiego: Atrapados en la red

La monotonía de los clichés

Los jóvenes están hartos de escuchar constantemente frases cliché, muchas veces pronunciadas con tono condescendiente de los mayores. Estas expresiones no solo aumentan su frustración, sino que también alimentan un sentimiento de incapacidad ante un mundo que parece garantizar únicamente inestabilidad.

Dentro de una red. Donde la presión constante que se exhibe en redes sociales los convierte en víctimas de la llamada Dismorfia del dinero.

¿Pasión versus realidad?

Antes, se trabajaba en profesiones impuestas por los padres: uno debía ser lo que ellos decían. Hoy en día hay más libertad para elegir lo que te gusta o te apasiona. Incluso se puede vivir de lo que te hace feliz. Sin embargo, en muchos casos, la realidad del país limita esta libertad. A pesar de tener una carrera apasionante, muy pocos jóvenes logran dedicarse a ella. No porque no quieran, sino porque sienten que no tienen otra opción. Terminan trabajando por necesidad, entrando en un status quo que, aunque ofrece estabilidad, los deja insatisfechos.

La seguridad que ofrece el tener un salario. Que cada quince días te llegue dinero garantiza una estabilidad momentánea, hasta que llega el fin de mes … La incertidumbre que retumba, arremete contra la paz y estabilidad emocional por miedo a que no te alcance. 

Tener un salario regular ofrece una sensación de seguridad. Recibir dinero cada quincena garantiza estabilidad temporal, pero la incertidumbre regresa al final de cada mes. “¿Me alcanzará? ¿Podré independizarme de mis padres?”, se pregunta una gran mayoría de jóvenes quienes enfrentan una constante lucha entre la estabilidad económica momentánea y la incertidumbre futura.

La certeza de lo incierto

La situación actual revela una profunda sensación de incertidumbre y ansiedad en los jóvenes respecto a su futuro. Este fenómeno está vinculado a la “futurofobia“, que la Dra. Ligia García Béjar define como: 

la sensación en la que vemos el futuro cercano o lejano, peor de lo que tenemos ahorita.

Esta desesperanza se agrava con la constante exposición a comentarios de generaciones anteriores, quienes remarcan sus logros pasados con frases como “a tu edad ya tenía una casa” o “compré mi primer auto joven”. Este contraste entre expectativas y realidades genera presión y frustración.

Además de la presión generacional, los jóvenes viven una sobreestimulación informativa y emocional. La cantidad de mensajes catastróficos que reciben los lleva a perder la capacidad de analizar su entorno de manera crítica. La Dra. García Béjar señala que la sobreinformación, sumada al tono alarmista de los medios, dificulta la reflexión y el análisis sobre la realidad. Esto fomenta una visión distorsionada del presente y alimenta el miedo hacia el futuro.

La sociedad actual se ha vuelto más individualista y está profundamente influenciada por el capitalismo y el materialismo. Las redes sociales y el marketing impulsan un enfoque en lo que no se tiene, alejando la mirada del presente y generando una constante sensación de insatisfacción. El filósofo Alasdair MacIntyre, en su libro Animales racionales y dependientes (1999), menciona que, aunque no se trata de vivir bajo normas utópicas, es esencial rechazar la obsesión por los objetivos económicos impuestos por el capitalismo. La sociedad de consumo nos aísla, y los jóvenes, en particular, luchan por encontrar un sentido más allá del materialismo.

Dismorfia 

Los jóvenes, prisioneros de una “dismorfia monetaria”, no carecen necesariamente de lo esencial, pero ya no pueden sentirse satisfechos con lo que tienen. Mientras el mundo de quienes “lo han logrado” avanza hacia el lujo, los jóvenes enfrentan expectativas inalcanzables. El concepto de autorrealización ha cambiado desde los tiempos de sus abuelos, quienes vivían con menos y valoraban más lo que tenían. Hoy, el entorno ofrece modelos de éxito que influyen en la percepción de los jóvenes y aumentan su miedo al fracaso.

El miedo a no cumplir con las expectativas económicas ha comprometido la estabilidad mental de muchos jóvenes. La crisis económica y las aspiraciones de riqueza, alimentadas por las redes sociales, generan una presión constante. Este temor los lleva a aislarse, viviendo con miedo en lugar de esperanza, lo que limita sus oportunidades y fomenta el desánimo. La doctora García explica que la obsesión por estar informados de todo los sumerge en un espiral de ansiedad. Los mensajes oscuros magnifican sus temores, dejándolos atrapados en la “futurofobia” que paraliza.

Para recuperar el control, los jóvenes necesitan tomar un respiro y observar su vida desde una nueva perspectiva. No se trata de abandonar la información, sino de aprender a equilibrarla. Deben comprender la realidad de manera integral, sin sucumbir a la sobreestimulación que destruye la paz mental. Vivir es encontrar ese equilibrio entre la complejidad de la realidad y la necesidad de mantenerse informados, sin que una perspectiva destruya a la otra.