Alquilar una avioneta para cambiar de vida

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Pocas películas consiguen que un espectador aficionado permanezca 1 hora y 47 minutos en la butaca del cine sin preguntarse la hora o consultar el celular. La montaña entre nosotrosThe mountain between us– es uno de esos pocos casos. A pesar de que la trama transcurre, en sus cuatro quintas partes, en unos de los parajes más gélidos de Estados Unidos, la película, cuyo título se ha traducido para México como Más allá de la montaña, consigue retener la atención del público gracias a la excelente fusión entre la precisa actuación de los protagonistas, Kate Winslet e Idris Elba, y una imagen espectacular que traslada al espectador de la butaca a las montañas heladas, hasta experimentar, aunque el cine esté en Guadalajara y la película se haya estrenado en octubre, el mismo frío que en los montes de Denver en pleno enero.

Dirigida por el israelí Hany Abu-Assad, conocido por títulos precedentes como Idol (2016) o Paradise now (2005), la película cuenta la típica situación en la que dos desconocidos pierden su vuelo cuando al día siguiente tienen ambos unos compromisos más que importantes: Alex Martin -estresada periodista encarnada por Kate Winslet- se casa y Ben Bass -neurocirujano a quien da vida Idris Elba, quien este mismo año ha protagonizado La torre oscura y Guerrilla– debe operar el cerebro de un niño de 10 años. Ella tiene la brillante idea de alquilar una avioneta que se estrella en mitad de la nieve y cuyo piloto muere en el acto; a partir de ese momento, los dos protagonistas deberán ingeniárselas para sobrevivir.

Si lo que hemos contado hasta ahora reproduce varios puntos recurrentes en los argumentos de decenas de títulos contemporáneos, no vamos a llamar a engaño: lo que sucede después resulta igual de tópico. Ambos protagonistas se enamoran y logran sobrevivir. Y, perdónennos por destriparles la película pero, en realidad, no es la trama lo más importante o lo que hace de este filme una obra que no se pueden perder. No. La verdad es que en esta película, basada en el best-seller homónimo de Charles Martin, resulta más valiosa la identificación que se produce entre el espectador y los protagonistas, en el sentido en que, sin importar nuestra profesión o lo que estuviéramos pensando hacer en el corto plazo, muchas veces se hace necesario un parón forzado para reflexionar sobre nuestro pasado, sobre qué queremos y sobre adónde nos está llevando la vorágine de nuestra acelerada vida actual.

Pasar de operar cerebros de niños y vestir como un auténtico gentleman inglés a escalar montañas heladas hasta perder las yemas de los dedos es también un ejercicio de supervivencia -y de imaginación- al que invita la película, de la misma manera que nos obliga a ponernos en la piel de la periodista que atraviesa casi cien millas con una pierna rota y enderezada sin mayor ortopedia que un pedazo de asiento del avión siniestrado. El instinto de superación y la serenidad con la que ambos protagonistas -tres, si contamos al perro del piloto fallecido- van superando obstáculos recuerda a grandes novelas, como Mecanoscrito del segundo origen (Manuel de Pedrolo, 1974), y relanza la invitación a pensar en cuánto es capaz de soportar, aunque en principio no lo parezca, cualquier ser humano.

Tanto atrapa la película al espectador que este no se cuestiona ciertos momentos inverosímiles de la trama: por ejemplo, aquel en el que Alex cae al lago helado y Ben es capaz de sacarla sin caer también, o ese otro en el que él encuentra oportunamente una cabaña abandonada con una chimenea en la que no hay leña, pero corta las ramas de los árboles nevados y estas, aunque mojadas, prenden sin problemas. Y todo ello sin contar la manera en la que Ben revive a Alex al sacarla del lago, cuando ella estaba al borde de la congelación…

Así son las películas. En esta, como en tantas otras, al final triunfan la pasión y el amor, y eso le da al espectador la recompensa emocional a la tensión de haber pasado más de una hora y media atravesando penurias, físicas y mentales. Transcurridos unos días, uno se da cuenta del buen sabor que Más allá de la montaña le dejó, al pensar en que el rato que duró el largometraje no fue un tiempo perdido. La película, además, deja otras reflexiones: la más  superficial es no viajar nunca con tacones, pero hay otras mucho más determinantes: no alquilar nunca una avioneta para llegar a tiempo, o alquilarla, si se quiere cambiar radicalmente de destino y de vida.

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