La izquierda abandonó a Venezuela

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maduro

La triste situación venezolana se ha convertido en una guerra subsidiaria de prensas y grupos políticos. Se dice que la derecha ha alimentado el mito de una dictadura bolivariana, que los países con gobiernos de este corte están obsesionados con denostar el régimen de Maduro para así condenar a la izquierda de forma colateral. Claro está que, para los gobiernos conservadores de México y el mundo, la dictadura chavista representa un arma política-discursiva. ¿Y la izquierda qué hace? Poco se habla de la prensa liberal y su búsqueda de legitimar la dictadura, no condenarla y limitarla como un fenómeno exagerado por la contraparte. Mientras que sus plumas siguen defendiéndola, sus políticos le han dado la espalda a Maduro. La clase política que antes vociferaba simpatías con Venezuela ahora calla.

Hace no mucho tiempo los elogios de la izquierda eran abundantes. La secretaria general de Morena, Yeidckol Polevnsky, afirmaba que Venezuela “es un ejemplo para nuestra vida”. Fernando Zárate, antiguo perredista y ahora diputado por el Partido Verde Ecologista, concebía en el 2013 al chavismo “como una extensión del estado de bienestar y de la democracia social”.

Héctor Díaz Polanco, Presidente de la Comisión de Honor y Justicia de Morena, pedía hace unos meses que México se integrara de lleno a la revolución bolivariana. El académico fue galardonado en el 2016 con el Premio Libertador del Pensamiento Crítico por el gobierno venezolano, además de presentar su último libro en la embajada de dicho país. John Ackerman, uno de los asesores más prominentes de AMLO, defendía que las elecciones venezolanas fueron “legítimas”.

A un año de las elecciones presidenciales, el romance se ha cortado de tajo. El mismísimo Héctor Díaz Polanco desmintió que su partido aprobara el régimen de Maduro, inclusive a tal grado que se lavó las manos de un tuit emitido por la cancillería de Venezuela hacía Morena en el que agradecía “su solidaridad y apoyo irrestricto a la Revolución Bolivariana”. Ante la inquisición de los cibernautas, Díaz se escudó diciendo que “no sean ridículos, en Morena se escuchan y debaten todas las ideas y posiciones políticas”.

Andrés Manuel López Obrador también se ha distanciado de la izquierda sudamericana. No hace falta ir más allá que de su spot de radio “…nos han tachado de populistas, nos han comparado con Maduro” para entender que ubicarlo en el mismo campo axiológico y político que el mandatario venezolano no le es de su agrado.

El abandono se extiende globalmente. El líder del Partido Laborista del Reino Unido, Jeremy Corbyn, felicitaba a Maduro en el 2014. Ahora, declina hacer comentarios sobre el conflicto. En España, Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, envidiaba hace tiempo a los españoles que vivían en Venezuela; ahora arguye que el fenómeno es “un recurso para tapar la corrupción y vergüenzas del Partido Popular”. Mélenchon tuiteaba en el 2013 en pro del régimen (“la Venezuela bolivariana es una fuente de inspiración para nosotros nosotros damos la bienvenida a la victoria de Maduro”), hoy en día cuando se le increpa, según su vocero, “no sabe si quiere hacer declaraciones”.

tuitmelenchon

¿Cuál es la razón de semejante cambio de parecer? Para la izquierda global, el madurismo se ha tornado en una estructura imposible de defender, en la cruz que carga el socialismo. La mayoría todavía simpatiza con sus principios políticos, sin embargo, en la práctica éstos han quedado rebasados, y en la opinión pública, han suscitado la condena. Como figura de izquierda, el apoyo a la situación venezolana es un suicidio político y social. No es un no queremos, sino un no podemos. Al mostrarse como simpatizante público, el agente político puede ver mermado sus propios intereses y los de su partido.

Solo unos pocos caudillos siguen defendiendo a los estragos de la revolución chavista, como Maradona, el mítico futbolista y analfabeta político. Aún más sorprendente es encontrar un sector académico dispuesto a vindicar al socialismo venezolano. Luis Hernández Navarro, coordinador de opinión de La Jornada, cae en un abuso de la razón y sofismos arcaicos cuando considera que “en Venezuela no hay limitaciones a la libertad de asociación, reunión y protesta […] lo que hay en Venezuela es una democracia mucho más profunda de lo que admiten sus críticos”.

Es verdad que nosotros no estamos allí, y que la voz que más debe ser escuchada es la de los ciudadanos que todavía residen en el país. Pero a falta de proposiciones empíricas- cuyas trabas de traslado y comunicación son propias del sistema- lo que nos queda son los medios y las redes sociales. Con todo, lo que también es una verdad, son las indisputables muertes, los desaparecidos, las elecciones amañadas y el sufrimiento de una población que pasó de ser una potencia económica a un 82% de pobreza. Son 40 países los que no aceptaron el fraude de Maduro, cuyo régimen se basa en la tortura, el destierro del capital privado y el control absoluto del estado.

Son las ironías de la izquierda: la búsqueda de la legitimación de un dictador. La prensa liberal y los líderes socialistas son los encargados de este rubro, pero poco a poco lo hacen en menor medida. ¿Por qué? Porque se está convirtiendo en una postura indefendible. Así es de utilitarista este negocio. No porque no crean en sus principios o configuraciones políticas, sino porque no les conviene. Ahora lo único que queda es denostar al bando conservador y acusarlo de utilizar Venezuela como un arma política.

¿Se habla sobre Venezuela cuando antes no se hablaba? Claro, porque la situación ha tocado fondo y la naturaleza política de las cosas también lo amerita. En los sistemas de gobierno, toda coyuntura es un arma, y por ahora, no faltarán aquellos que usen a Venezuela de esta forma: la izquierda como objeto de martirio y la derecha en forma acusatoria.

Sin embargo, no existe la democracia sin denuncias y rendición de cuentas. Siempre será más triste el silencio que una acusación legítima. Aun cuando en ciertos casos haya intereses de por medio, la derecha no está obsesionada con Venezuela. Es lo que habla Vargas Llosa hace unos días, que el madurismo es para los seducidos por la utopía socialista, para los neo-marxistas que apoyan una teoría fallida y que ahora callan estratégicamente.

La izquierda abandonó a Maduro. Muchos socialistas prefieren ya quedarse como Pablo Iglesias comiendo en el restaurant Lalina mientras un venezolano le increpaba sobre la miseria de su familia al otro lado del Atlántico. Quizás allí algunos comprendieron que la dictadura de Maduro no es una pantalla política, sino una deplorable realidad que ha cobrado la vida y familias de miles. Así como Iglesias se ha quedado la izquierda que abandonó a Venezuela: callada, estoica y cómplice.

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