Si Carmen te ama, ¡cuidado!

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Crédito: orquesta filarmónica de jalisco

Un teatro Degollado abarrotado fue el escenario perfecto para que el Ballet de Jalisco, junto con la Orquesta Filarmónica del estado, presentaran por primera vez, este jueves 20 de septiembre, Carmen: una historia de pasión, sensualidad y lujuria que confirma que un gesto muestra más que mil palabras. Decimos esto porque, si bien la obra ya se había presentado en formato de ópera u obra teatral, en este caso la opción escogida para su puesta de largo en la sociedad tapatía ha sido el ballet, en el que no hay ni una sola palabra.

La primera función de la temporada comenzó a las 20:30 horas con el Bolero de Ravel. Una bailarina apareció entre la neblina del escenario sola, y después con su acompañante masculino. Poco a poco, los demás bailarines fueron saliendo, mostrando la coquetería que perduraría toda la noche; ellos bailaban y ellas miraban, ellos miraban y ellas bailaban. A los treinta minutos del pavoneo y con un falso desnudo como final- la bailarina realmente llevaba un body color beige-  las cortinas se cerraron, y el público aplaudió.

Tanto el Bolero de Ravel -pieza orquestal inspirado en una danza española- como todas las melodías utilizadas en la obra Carmen, fueron ejecutados por la Orquesta Filarmónica de Jalisco y Jorge Rivero, quien tuvo que cubrir a Marco Parisotto, director original, debido a una complicación personal.

Después del intermedio, la obra central comenzó. Micaela, el emblema de mujer buena y devota, apareció en el escenario, mientras su amado, Don José, le entregaba un cuchillo con el que había asesinado a otro de su género. Ella lo guardó y le dio una colgante. Y, sin una sola palabra, le dijo que estaba de su lado.

Sin aparente relación, en cuanto la anterior bailarina salió por las piernas del teatro, una jovencita, con sus puntas de ballet y un vestido propio de una escuela de monjas, emergió con un cigarro en la mano y con cara altanera. Así, una a una, las bailarinas fueron tomando el escenario hasta que Carmen, aquella de los labios rojos y evidente sensualidad, demandó el protagonismo.

Con un impulso carnal, las bailarinas no dudaron en acercarse, al terminar su coreografía, a los militares, quienes acababan de aparecer en escena y, en lugar de ir corriendo y con un arma, llegaron con saltos y pirrouettes. Ellas movían sus caderas al son de la melodía para conquistar a aquellos que en teoría las protegían. Y, aunque durante todo el espectáculo los artistas estuvieron un poco descoordinados, la actuación fue excelente. Lograron transmitir todo lo que en una ópera se canta y en una pieza de teatro se dice, simplemente con su cuerpo.

Carmen siguió a sus compañeras pero fue más allá con su coquetería. Con cargadas, jetés y un increíble balance al estar parada en pequeños trozos de madera, la mujer de los labios rojos flirteó con el militar que pertenecía a Micaela. El vestido, con un largo que pasaba sus rodillas, quedó tirado en el piso y, con una lencería de encaje negro respaldando sus deseos, Carmen llevó a José a la esquina del escenario para hacer algo más que fumar un cigarrillo.

La alegre mujer apareció al poco tiempo, con un vestido rojo con un entredós negro, y un lenguaje corporal que iba más allá de un inocente coqueteo, al son de una pícara melodía. La bailarina principal, encargada de encarnar a Carmen, comenzó a mostrar interés por los demás bailarines, y, así, el lugarteniente, superior de Don José, captó su atención. Cómo decía la sinopsis del programa: “Si no amas a Carmen, ella te ama a ti; si te ama, ¡cuidado!”.

José se da cuenta. No puede controlar sus celos y mata a su superior, sin importarle nada más que la atención de la joven a la que le dio la cadena de su amada y cómplice inicial. No se necesita un grito, un reclamo, ni una declaración; simplemente una navaja, la música y el talento de los bailarines para que el público entienda la complicada y pasional situación.

Y, de igual forma, sin una sola palabra, Micaela encara la infidelidad de su amado. Éste, con un simple ademán, la rechaza; la carga y baila con ella, pero al final es evidente que su interés está perdido. La buena y frágil mujer simplemente se limita a aventarle su cuchillo.

El ambiente se relaja y, al ritmo de la coreografía creada por Mark Godden y la dirección Dariusz Blajer, los bailarines van y vienen entre arabesque y battus. Ellos vestidos de caballeros a la antigua, en algunos momentos, y ellas siempre con sus vestidos vaporosos ideales para un día veraniego o para levantar la pierna hasta la cabeza; parecía que todos actuaban con fidelidad extrema a lo que sus directores habían en los ensayos.

No obstante, la fidelidad nunca fue el fuerte de Carmen. Un hombre, el Toreador, de cuerpo escultural y popularidad inagotable, emergió haciendo cabrioles y grand jetés, mientras todas las bailarinas intentaban, aunque fuera, acercarse un poco; unas tocaban su cara, otras sus hombros y otras optaban por la retaguardia, mientras el público soltaba una que otra risa, ya fuera porque se identificaba o por otra razón. Y así, nuestra alegre protagonista no dudó en hacerlo suyo.

Unas cargadas por aquí, otros brincos por allá, y un cuerpo firme para mantenerse parado por horas en punta fue lo necesario para que Carmen conquistara a tan aclamado ejemplar del sexo masculino. Y, de igual forma como con José, no dudó en llevarlo a la esquina derecha del escenario para consumar lo que ya se sabía. En esta ocasión no solo voló el vestido, sino que alguna otra prenda más.

José, por su parte, no acepta que su amante se haya cansado de él y, con sus piruetas y tours en l’air, consigue llamar la atención de Carmen, solo para que ésta le diga con una seña que el torero tiene más dinero que él. No obstante, un poco de coqueteo previo a una ruptura nunca hizo daño, y así lo hace la deseada mujer, mientras, Micaela y el torero ven la escena entre las cortinas o piernas del teatro.

A pesar de que baila con José, Carmen sigue segura de su decisión, y él, al caer en cuenta, comienza a maltratarla y jalonearla hasta llegar al punto de asesinarla con el mismo cuchillo con el que había matado antes al lugarteniente y que, por lo tanto, lo había convertido en un criminal. Micaela, como la esposa fiel, sumisa y devota que toda mujer debía ser antaño, sale al escenario y, sin decir una sola palabra, abre la canasta, esa que había sido el envoltorio del cuchillo, y deja que su amado meta el arma. Sin embargo, su devoción por José había acabado mucho antes y, sin pensarlo dos veces, va con la policía y apunta a aquel que se condenó por su lujuria; una estocada final que tuvo más resultado que su intento de asesinar a Don José, después de verlo con Carmen.

Llega el desenlace y, aunque la ejecución no tuvo el nivel de compañías como The Royal Ballet Company o el Ballet de l’Opéra de Paris, los bailarines del conjunto tapatío obtuvieron los aplausos y vítores del público, quien no solo se limitó a agradecerles por su trabajo, sino que intentó mostrar su contentamiento por la pieza. Finalmente los actores lograron el objetivo: retratar la vida de Carmen, una mujer alegre, libre, coqueta y lujuriosa, sin la necesidad de decir una sola palabra.

 

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